Monday, August 16, 1999

Niños balseros logran ajustarse a nueva vida

http://www.cubanet.org/CNews/y97/dec97/01o3.htm

Niños balseros logran ajustarse a nueva vida
30 de noviembre de 1997 en El Nuevo Herald
ISABEL M. ESTRADA
Especial para El Nuevo Herald

Dos años después de mar y desesperanza, los niños cubanos que pasaron meses retenidos en la Base Naval de Estados Unidos en Guantánamo vencen en Miami el último obstáculo para adaptarse a la nueva realidad: sus propios fantasmas.

La nostalgia excesiva, el rechazo social y el incomprensible inglés acosaban a esos casi 3,000 niños y adolescentes.

Pero nadie imaginaba en 1995 que esos pequeños podrían recuperarse tan velozmente de las circunstancias traumáticas vividas desde que abandonaron Cuba, a bordo de frágiles embarcaciones e improvisadas balsas, hasta que llegaron a suelo norteamericano.

"Antes estaba triste por haber venido; creía que nunca iba a entender el idioma y me acordaba mucho de mis amigos en Cuba, pero ya no'', dijo Zahily Cardona, de 14 años, alumna de la secundaria Miami Springs. "Ahora estoy contenta de estar aquí, conozco mejor este país y tiene libertades que allá no había''.

Darién Zamora, de 15 años y estudiante de la secundaria Hialeah, aún extraña mucho Cuba, la comunicación entre los amigos. "Pero ya me siento feliz. Voy a ir a la universidad; no me arrepiento de haber venido'', aseguró.

Zamora obtuvo el Premio Nacional de Ciencias en 1996 por sus altas calificaciones. Además, es estudiante de honor y acreedor de otros premios escolares.

Miami suaviza el impacto

El doctor Eugenio M. Rothe, director de la Clínica Siquiátrica de Niños y Adolescentes del Jackson Memorial Hospital, ha dirigido tres estudios con estos niños, tanto en Guantánamo como después que llegaron a Estados Unidos.

Según esas investigaciones, los pequeños sometidos a semejantes experiencias presentan una sintomatología postraumática que tiene modos diferentes de manifestarse.

"El trauma es una experiencia muy personal que se lleva por dentro. Por eso, a menudo, las maestras no percibían ningún signo de traumatismos en los muchachos y, sin embargo, ellos reconocían que todo lo padecido les había afectado muchísimo'', apuntó Rothe.

El estrés postraumático atraviesa un período silencioso. Los síntomas comienzan a salir al cabo de varios años, afectan las relaciones interpersonales y, en cada período de la vida, cualquier circunstancia difícil o al menos similar a la vivida puede ser el detonante de una crisis.

"Los niños al llegar aquí evitaban todo lo traumático: no querían ir al mar, eludían el ruido y las situaciones caóticas'', explicó el doctor. "En Guantánamo se veían síntomas regresivos y de ansiedad, sobresalto, sensación de que va a suceder algo malo''.

Encontrar un grupo étnico afín, el mismo clima, las costumbres, poder seguir comunicándose en su idioma, son los factores fundamentales de inculturación que Miami propició a esos niños.

"La comunidad da validez a la identidad del individuo. Si hubieran tenido que enfrentarse a un mundo absolutamente nuevo, la adaptación habría sido terriblemente difícil'', agregó Rothe.

Mecanismo de defensa

Un fenómeno que se manifiesta en algunos jóvenes es un olvido consciente o una edulcoración de toda la parte negativa del tiempo que permanecieron en Guantánamo y de los percances del viaje.

"La verdad es que no fue tan duro; todo lo recuerdo bonito. Tuve muchos amigos en la base'', relató Zahily, que permaneció seis meses y medio en Guantánamo. "El viaje fue fácil, sólo unas ocho horas en el mar''.

Sin embargo, Belén Mirayes, de 72 años, abuela de Zahily, recuerda bien que la travesía fue terrible, el motor del pequeño barco se les apagó. Ella dijo que la dejaran y que salvaran a los jóvenes y los niños.

Entonces uno de los muchachos tuvo un ataque.

Sólo de la familia de Zahily estuvieron 32 personas en Guantánamo.

"En la Base la pasamos mal. El varoncito tuvo unas hemorragias tremendas una noche y no nos dejaron salir para llevarlo al hospital'', recordó Mirayes.

El siquiatra Fernando Pino, que visitó la Base para atender a los refugiados, explicó cómo ese "olvido'' es un mecanismo de defensa que protege al individuo de los recuerdos traumáticos.

"Es un proceso inconsciente. Es cierto que no recuerdan lo que sufrieron, pero eso permanece dentro de ellos, que salga o no depende del individuo. Unos lo superarán, otros quizás tengan problemas más adelante'', expuso Pino.

Cuando Pino visitó a pacientes infantiles en la Base observó cuadros de regresión y ansiedad. "Volvían a orinarse en la cama, tenían miedo a separarse de los padres, padecían de sonambulismo'', precisó.

Los dibujos reflejaban los traumas recurrentes, el mar, las balsas, los tiburones que se comían a las personas o al acecho tras las embarcaciones, y las alambradas que rodeaban los campamentos en la Base, abundó Pino.

"Aunque también hay traumas que preceden a las balsas y la estancia en Guantánamo, está la experiencia de la vida en Cuba, que no era ningún paraíso'', añadió Pino. "Creo que hay de todo, muchos se han adaptado, otros no. Habría que hacer un estudio de seguimiento''.

El equipo del doctor Rothe solicitó fondos a varias instituciones para continuar este tipo de estudio, pero la respuesta fue siempre negativa. Las instituciones no deseaban señalar a esos niños, porque en aquellos momentos había mucho sentimiento antiinmigrante en Estados Unidos, concluyó el doctor.

"Todos me respondían que no querían llamar la atención sobre estos niños, para que no se les viera como grupo problemático o proclive a requerir tratamiento siquiátrico'', dijo Rothe.

Predomina lo positivo

Sin duda, lo vivido ha dejado huellas en los jóvenes balseros.

"La base fue el cambio de mi vida de niño a hombre'', aseguró Rayner López, de 15 años, estudiante de la intermedia Hialeah, que estuvo siete meses en Guántanamo.

"Había mucho elemento malo, delincuentes, y eso creaba un ambiente desagradable, pero yo me decía que no me iba a echar para atrás'', recordó. "La travesía no fue tan mala, porque me inyectaron y me dormí''.

Elizabeth Rodríguez, religiosa misionera claretiana que trabajó en el Centro Varela de la Inmaculada Concepción en Hialeah, dijo: "He notado el dolor, sobre todo en quienes están separados de sus padres o los perdieron. Al principio hablaban todo el tiempo de Guántanamo; se veía que sufrieron, pero ya se han visto resultados excelentes de adaptación''.

El profesor Félix Cruz Alvarez, de la secundaria Miami Springs, corroboró esta opinión.

"No veo signos de traumas; al contrario, avanzan cada día más en la inserción en el sistema'', dijo Alvarez.

"Imparto clases de cursos avanzados que dan seis créditos universitarios y sólo los toman los mejores alumnos, y tengo en mis clases más de 25 muchachos de Guántanamo. El 95 por ciento de los que hemos graduado está en estudios superiores''.

Algunos han confrontado problemas que seguramente tendrían también en Cuba, señaló Betty Balis, jefa del Departamento de Servicios Estudiantiles de la secundaria Miami Springs.

"El que vino y se dedicó a estudiar ha salido adelante; es mucho más lo positivo que lo negativo'', afirmó.

Zamora, ganador del Premio de Ciencias, llegó a Guantánamo en un barco con los padres y una hermana de 8 años. "El se ha adaptado muy bien, siempre fue muy maduro y valiente'', contó su madre, Ramona Villar, de 36 años. "Lo que más lo ayudó fue el Centro Varela''.

Todos los jóvenes hablan de los Centros Varela con agradecimiento y ternura, pues consideran que les evitaron el choque demasiado fuerte con una realidad desconocida y agresiva. Además, les hicieron sentirse acogidos y les dieron energías para afrontar el proceso de adaptación.

La labor de los Centros Varela

Los Centros Varela fueron una iniciativa de la Iglesia Católica para brindar enseñanza introductoria a los niños que llegaron de Guántanamo a la mitad del curso escolar.

Se establecieron cuatro centros, ubicados en las iglesias de San Brendan, San Benito, San Juan el Apóstol y San Miguel, que preparaban a los niños en religión, inglés y sociedad norteamericana, con el objetivo de amortiguarles el choque con las escuelas regulares.

"Allí los maestros te trataban como si fueran tus padres'', recordó Zamora. "Era el principio; te servía para adaptarte, para aprender el inglés''.

Zoila Murgado, de 18 años, también estudiante de la secundaria Hialeah, salió de Cuba vía España, pero al llegar a Miami vivió igualmente la experiencia de los Centros Varela.

"Ayudaron sobre todo en la parte espiritual, a centrarse en la fe'', expresó. "Allí crecimos. Existía el temor de que nos descarriláramos, pero ahora se ve que todos vamos por buen camino''.

Según Marta Pérez, cuyo doctorado en Educación de la Universidad de Miami fue sobre los Centros Varela, los más beneficiados con este programa fueron los adolescentes y jóvenes.

"Estaban en esa edad difícil en que tienen ansias de pertenecer, y estaban conscientes de todo el drama de Guántanamo, de que los ciudadanos no los querían, y pensaban que no iban a ser aceptados. En los centros recibieron apoyo y cariño'', apuntó Pérez.

Los más pequeñitos no tenían mucha conciencia de lo que sucedió en la travesía marítima ni en la Base, y en su mayoría se adaptaron con muchísima rapidez.

"Ellos no tuvieron que tomar parte en nada. Todo lo recibían como siempre, sin saber cómo ni de dónde venía'', continuó Pérez.

Anaibis Herrera, de 7 años, vino con cuatro personas. Ahora estudia en la primaria Mae Walter. "Creo que vine con unas chancletas. Vimos un barco grande y mi papá le chiflaba. En la Base jugaba, iba al parque'', dijo.

Su mamá, Bárbara Ramírez, empleada de una panadería, cuenta que vinieron 22 personas en un barco. En Guantánamo pasaron vicisitudes y depresiones.

"Nos rodeaba una cerca y uno daba vueltas y caía en el mismo lugar. Me alegro de que ella no se acuerde de nada'', afirmó.

Cuba en el recuerdo

Cuba es un recuerdo que siempre los acompaña.

"Ese es mi país; no estoy de acuerdo con ese gobierno, pero adoro mi país, me encanta'', dijo López, estudiante de la intermedia Hialeah. "Pero mientras siga así yo no vuelvo''.

Murgado echa mucho de menos a la isla. Sin embargo, dice que todos debemos crecer, caminar, porque quien vive en el pasado allá se queda. "Extrañar a Cuba es algo más profundo'', agregó.

Profesores, catequistas y padres coinciden en que estos niños tienen una madurez rara para su edad.

"El proceso de la salida y el llegar aquí los hizo madurar'', opinó Rodríguez. "Se muestran más responsables que otros jóvenes en su compromiso''.

Hasta los muchachos lo reconocen.

"Sí, nos han hecho madurar, el sufrimiento nos hizo crecer y madurar'', manifestó Murgado.

Rothe advierte que esa temprana madurez puede traer problemas.

"Esa madurez puede ser relativa. Parecen hipermaduros, pero luego podrían ser problemáticos, porque sienten que no tuvieron infancia'', arguyó. "Los procesos traumatizantes sensibilizan, exigen a los niños esfuerzos síquicos superiores a su edad''.

¿Hasta dónde lo sufrido saldrá a relucir en el futuro?

"Mis padres me sacaron de Cuba y lo arriesgaron todo para que yo tuviera un porvenir'', expresó López. "Ellos querían que yo fuera alguien; por tanto, yo tengo que luchar por eso''.

Del significado personal que cada uno dé a esta situación dependerá su estabilidad posterior.

"Unos pueden decir: `Qué maravilla, qué valientes mis padres que hicieron todo esto por mí', o pensar: `Mira qué irresponsables mis padres, pusieron en peligro mi vida en una balsa'. Al final, se tratará de respuestas personales'', concluyó Rothe.

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